Salvador Medina Barahona

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“dioses de bolsillo” o el libro de una reivindicación poética*

In Sin categoría on noviembre 25, 2011 at 23:23

Hace algunos años, cuando tenía por costumbre semanal asistir a una de nuestras librerías y revisar los anaqueles de libros con el objeto de ver si algo nuevo había llegado, tuve ante mis ojos un poemario titulado Balanceo; lo firmaba un tal Songo. Los que me conocen bien, saben que, sin tener el dominio de la verdad de mi lado, suelo ser un HP (Harry Potter, para ponerlo de forma amable y emulando las gracias de nuestro presi), o, simplemente, un hijodeputa a la hora de apreciar la poesía. Me explico: Llego. Me posiciono frente al anaquel, veo las portadas, los nombres, el paratexto, en suma. Luego, abro el libro de mi interés, levanto la ceja derecha, respingo la nariz, aprieto la boca y leo algunas líneas a ver de qué madera está hecho el o la poeta que ha tenido la iniciativa de dar a la publicidad un manojo de versos, ojalá habitados por la Poesía, con mayúscula. Síntesis: Balanceo no me gustó. Punto. No tengo nada más que decir al respecto.

Más adelante, la vida me haría conocer al individuo cuyo seudónimo alude a alguna cosa rítmica caribeña. Un tal Edilberto González Trejos. Un tipazo. Y me dije, carajo, un tipo de buenas intenciones pero qué pena que no se haya tomado el tiempo de castigar el texto que ofreció a los lectores bajo aquel título de péndulo y bachata.

Después vendrían las actividades culturales en las que ambos participaríamos, el crecimiento de una amistad hoy sólida, el festival de San Francisco de la Montaña y la esperanza de que, en cualquier momento, Edilberto nos diera la sorpresa de un libro memorable. Ese momento llegó. “dioses de bolsillo” es, tal como lo he consignado en la contraportada, la obra que este ejemplar ser humano nos debía. Cito literalmente: “Estos son los versos de Edilberto González Trejos que estaba esperando. Castigados, libres de adjetivaciones superfluas, decidores de una verdad incontestable: la suya… Que es nuestra (no vuestra, como dice allí) por ritmo y emoción contenida, por sustantividad de ser. Para mí, este “dioses de bolsillo” revela la raza a la que pertenece González Trejos: la de los Poetas con un lugar en el mundo.”

Conocedor de lo HP que soy, pero dueño de una seguridad admirable y aguantador de cualquier metralleo crítico de mi parte, Songus, como me gusta decirle, me dijo, bueno hermano, veamos los versos, pues. Ya sabemos todos que el pez muere por la boca y yo, por bocón, tuve que ir, otra vez con la ceja alzada, a leer y opinar sobre los nuevos versos del amigo. Con lo que yo no contaba era con el hecho de que ya venía preparado con un buen escudo: el de su propia solvencia poética. Claro, yo tuve que hacer las veces de abogado del diablo, para ver si lo hacía titubear; pero el hombre allí, impasible.

Debo dejar muy en claro que no me ocupo de los libros de nadie si no me gustan, si no me transfiguran, si son un crimen ecológico. La crítica, o la opinión más bien de un libro de poemas es para mí un ejercicio de amor, con todo lo que el verdadero amor implica: honestidad, decir lo dulce y lo amargo, queriendo lo mejor para quien ha venido a pedirme una retroalimentación.

El resultado de ese ejercicio de amor está hoy entre nosotros. Ahora hablaré de él, partiendo de una premisa: Es un libro admirable. Songus ha dado una zancada cualitativa de la que tiene que estar muy consciente, porque de ahora en adelante no puede sino partir de allí para sus nuevos proyectos.

Es un libro complejo, vario en sus contenidos, responsable en su forma de decir: el lenguaje es, como en todo excelente trabajo, su rúbrica más preciada. Va de lo emotivo a lo sentipensante. Songus es un hombre tierno, pero también un ser que piensa y hace filosofía en el verso, por más en desacuerdo que algunos trasnochados estén con la idea de no hacer filosofía en la poesía.

Inicia con un tono confesional, bucólico, afincado en los territorios de su infancia. En un San Francisco de la Montaña al que asiste a ver morir a su madre. De salida, el poeta nos conmueve. Conmoción y emoción en una sustancia verbal que se va adensando conforme pasan las páginas. Son versos honestos e inteligentes, lacónicos y duros, de una brillantez que soslaya todo facilismo.

Para mí ha sido un verdadero honor trabajar, como lector crítico, con él. Songus es unos años mayor que yo; por lo tanto, tiene ventaja vital sobre mí. Soy vitalista. Él también. Por lo tanto, me siento muy a gusto entre las páginas de su nuevo poemario. Siento un goce estético y ético muy profundo. La amistad poco tiene que ver, o mucho, y que valga esta contradicción, porque no hay nada mejor que celebrar el libro de un poeta amigo, que es solvente en su escritura y que llama a las cosas por su nombre y les inventa nombres nuevos, sin necesidad de alardeos inútiles o estridencias fatuas o efectismos cojos.

Devoto como es de la poesía en otros idiomas, este políglota del verbo poético se sentía en deuda con unos ritmos que no eran los suyos, venidos de las lenguas inglesa y francesa, que en poco contribuían a su despunte versal. Lo comprendió a la primera de mis malcriadeces. Respiró el ritmo que le corresponde y su palabra ha cobrado vuelos insospechados.

Los títulos de los poemas de “dioses de bolsillo” son en su mayoría hermosos. Me apasionan los nombres de las dos secciones que lo conforman: La zafra de la lluvia y El cortejo de la piedra; tanto como ese que da título al conjunto: “dioses de bolsillo”, repito, en minúscula, como una demostración de su ingenio y rebeldía, un gancho que va más allá del ardid publicitario y se adentra en unas zonas de relámpago y sombra.

Fuerza. Sustantividad. Adjetivaciones precisas, en las que ha seguido a pie juntillas el postulado de Huidobro: “El adjetivo, cuando no da vida, mata”. Fraseos aquí y allá, creando atmósferas únicas, enigmáticas. Ritmo como música. Música como celebración del sonido. Ritmo como senda hacia ese punto de llegada al que alude Paz en El arco y la lira. Estrellas cabalgando sobre una sábana negra que se va haciendo luminosa en el tintineo de los coros de su voz. Todo eso hallo aquí. Síntesis también hallo. En suma, todo lo deseable en un buen libro de versos.

Me niego a comentar alguno de los poemas porque los he hecho míos a un nivel de intimidad que me restringe el verbo y me exige guardar para mí los placeres de su lectura. Pero, además, queda claro que no soy quien para arruinar, con los detalles, la lectura que sus lectores habrán de tener, cada quien a su modo, a su aire, a su sueño.

Gorka Lasa Tribaldos, un poeta en exceso modesto y grande, de seguro dice lo que yo no me atrevo a decir; no porque sea un bocón, como yo, sino porque dispone de unas herramientas elucidadoras con las que valorar los caminos tórridos de lluvias pasadas y nuevos de arenas movedizas. La metafísica puebla este trabajo. Y Gorka, diciendo sin decir, lo hace mejor que yo.

Yo me siento muy feliz. Songus lo sabe. La poesía lo sabe. Sabemos que a veces es una puta esquiva, la poesía, que no se acuesta con el que le guiñe el ojo. En todo caso, es una puta difícil, de rogar. Y cuando le ruegas mucho te mete una patada en los cojones que ni quieras saber. Ella se escribe solo cuando ella quiere, al decir de un poeta guatemalteco, cuyo nombre me es imposible recordar siempre. Pero Edilberto creó las condiciones exactas para que esa doña altanera y hermosa, se acostara con él, le susurrara al oído sus blasfemias, sus procacidades, sus enconos y sus ternuras.

Cable de alta tensión el poeta, siempre lo he definido así. Y los hay de distintos niveles: los de hierro podrido, los de cobre, los de oro y los de platino. Parece que la Poesía ha descubierto un alto nivel de conductividad en la persona, el ser, de Edilberto y, solita, sin que la llamaran, le abrió las piernas y se dejó penetrar. La voz espermal de Songus ha preñado a una mujer difícil, y ella le ha dado un hijo hermoso. Vamos a cargarlo, antes de que empiece a caminar. Vamos a bautizarlo contra el mal de ojo. Alejarlo de las garras de la Tepesa. Es de esos chiquillos cabrones que se levantan antes de tiempo y van a la vida a defenderse solos. Pero las brujas envidiosas existen y no está demás que le pongamos un listón rojo a la criatura. A las finales, no será necesario. La obra se defiende sola. Mis palabras son solo un regocijo frente a ustedes. No una defensa de nada. No se puede defender lo indefendible. Lo escrito, como un buen puño cerrado, se blinda ante las inclemencias del tiempo y deja pasar solo a los que con amor reparan en su sublime hermosura.

         * Palabras pronunciadas por Salvador Medina Barahona en la presentación del libro “dioses de bolsillo” en la Biblioteca Nacional.  Jueves 27 de octubre de 2011, Ciudad de Panamá.

palabra de-vuelta (Acercamiento crítico al libro «Umbral Polanco», de Margarita Carballeda, obra ganadora del XII Premio de Poesía «Ana del Valle», Ayuntamiento de Avilés, España, 2004.)

In 1, Letras, Arte, Cultura on noviembre 24, 2011 at 3:14

POR SALVADOR MEDINA BARAHONA

No sorprende que Margarita Carballeda, filósofa de formación, dé inicio a su jornada poética con el ideal del retorno al origen de las cosas, que es, de suyo, el ideal de asistir al origen de sí misma: Marcha hacia el conocimiento interior: Umbral hacia el Todo del que venimos y del que jamás nos hemos desligado: Encuentro con la Totalidad que nos aguarda desde siempre: Llama de un principio que nos espera lejos del tiempo, esa invectiva maléfica de los hombres.

Tiradas están las cartas de navegación hacia el Fuego de Heráclito. Consciente o no, la autora, insistimos, nos ha lanzado en pos de ese ideal. Pero no se aspira al gran Todo sin que hayamos primero recogido nuestros fragmentos, sin que nuestro pequeño mundo interior haya hecho su ejercicio de totalidad y adquiera su pasaje lejos de una escueta exploración de superficie.

La intención de rearmarse aflora con la fuerza de un imperativo en cuya obediencia caben los ácidos de la ternura, la crueldad del deseo, el ardor de la nostalgia, los rigores exquisitos de la soledad. La filósofa se repliega y da paso a un lenguaje que se deja sentir; emprende su recorrido hasta tocar fondo; nos aparta celosamente de su intimidad secreta y hosca; dice y esconde, lucha piel a piel contra la oscuridad del mundo; canta como un presagio: Se hace poema.

No olvido cómo eras frágil/ ni cómo largos tus sueños de tanto que se perdían, son las palabras que constituyen su primera evocación, la enunciación de lo perdido y, en ella, el intento por restaurar el espíritu desperdigado. De aquí en adelante viviremos múltiples variaciones de la ausencia: en los rostros inasibles de un amante cuyo nombre desconocemos, en una ciudad de la nostalgia escrita en piedra, en la noche con sus páramos de alambre y sus espejos vacíos, o en ella misma, mujer de membrillo y sal. Los siguentes versos bien podrían aludir a cualquiera de estas variantes: Soy memoria que vaga por tu espacio/ a distancia de puentes reinventados/ amasando con fuego atardeceres/ en mitad de las piedras levantadas/ Soy tu ausencia a la altura de las torres/ y rumor de los nidos rehabitados.

Nótese que lo ausente es incluso expresado en las cosas no dichas: Detrás de la cordura tal vez haya/ una frase esperando que no has dicho/ por el miedo tan tonto de quebrarte.

Toda soledad es relativa, y pertenece al plano de las apariencias. Existen entidades (actos, situaciones) que arriban al inventario aunque nada más sea para ensachar los cauces de aquella soledad; pero, presencias al fin, se hacen palpables en su acecho: Hay algo que me roza como el filo/ de algún cristal herido hacia mi frente.

Esos quejidos cojos, pusilánimes, repletos de sensiblería y estridencia, no habitan los versos de Umbral Polanco, porque su autora prefiere escurrirse, engatusar al lector con sugestiones, pistas engañosas, atmósferas en que la elipsis reemplaza al ímpetu o lo dosifica en frases codificadas, llenas de música. ¿Por qué dejarse leer al desnudo si aún las heridas duelen?: Cristales en los ojos si amanece/ y escapan tus esquinas/ geometría/ perfecta de nostalgias/ y lluvia por lo menos/ y por lo menos hambre/ del revés de la tarde/ con apenas penumbra// Y un silencio que grita.

En el poema anterior, los vocablos de tiempo (amanece, tarde) están usados de un modo que, en el contexto total de la estrofa, nos confunde, alienta la ambigüedad; acaso porque el tiempo mismo ha sido llamado a confundirse, o porque es un animal dudoso, fuera de toda aritmética plana: Da lo mismo noche que mañana que tarde. Otra vez la jugada al margen de los límites secuenciales del tiempo. Otra vez las palabras intentando quebrar su predominio. ¿No es acaso el tiempo una apariencia?

Algunos poemas del conjunto nos llevan a la exasperación, hacen su labor ¿premeditada? de repulsivo. Su lógica se expresa, al menos a simple vista, de manera convencional. Pero hay palabras, frases inocentes que sacan las uñas y les cambian el curso, impidéndonos la resolución facilista de la idea. Nosotros, acostumbrados como estamos a una lógica rasa, mil veces dicha, nos sentimos amenazados por el giro sorpresivo, el final que no cuadra. Por eso nos extraviamos, nos indignamos, huimos y regresamos a hurtadillas a releer los versos de nuestro desconcierto, a buscar una vez más el rumbo entre sus líneas exasperantes. Los siguentes, podrían ilustrarlo bien: Que no aflojen las riendas del orgullo/ Quedan las islas/ Cuando apenas se salva la distancia/ Y en el caudal un árbol.

Pero cuando nos vamos acostumbrando a esta suerte de negaciones, de escamoteos indeseables, al imperio de lo críptico y lo aparente, se nos propone una tregua y se nos dicen las cosas con la claridad más simple: Hay un dolor por todo lo que quede/ cuando no surja tu piel de entre las mantas/ Hay un dolor por toda la ternura/ Por toda y por la única palabra/ que aún guarda algún sentido y que es tu nombre.

Entonces aparece, líneas abajo, la poesía armada con su arsenal de imágenes y tiempos transgredidos, y aquel dolor nace, se reinventa con metáforas que son silencio y que en su mudez nos golpean: Pájaros sin dueño no esquivan la noche/ y la tarde se hunde.

Los recursos para mitigar la no-presencia surgen en una música evocada, en un haz de palabras anteriores al suceso de lo ausente, o en un presagio de claves dispersas con su imantación misteriosa. Aún la ilusión sirve como coartada para atrapar lo que no asimos: Llegas por las semejanzas de otra música/ palabras/ que son previas te suceden/ y ya emerges de un presagio/ Llegas por todas las calles/ igual que si fuera cierto.

Luego vendrán los versos que nos preparan para el cierre (¿temporal?¿definitivo?): Como un grito que se escurre por los bordes de una oreja/ de tanto que habrán crecido serán pequeños mis ojos. Pero estos versos no parecen anunciar la llegada. Son apenas una definición de asombro, y de duda. Los ojos crecen para asombrarse, o crecen porque se asombran, y, como dos faros que no resisten la dimensión de lo visto, que no pueden sostener el peso de la imagen que vislumbran, se achican para someter los espasmos visuales del niño interior, para neutralizar los temores, las llamaradas del vértigo. Pero frente a qué, debajo de qué sol, en medio de qué noche, ante el acecho de qué incómoda palabra…

Habría que preguntarlo al azar y a los espejos. Eso parece decirnos Carballeda, tal vez doblegada, convencida de que el encuentro con la Totalidad es un reto que supera nuestras intenciones y el largo de nuestra estatura. O, tal vez, se trate de algo más simple y por eso menos evidente. Porque, aunque nos duela, hemos perdido la noción de lo simple, el atisbo de lo que nos salva en su sencillez. El mundo es una complejidad inferne y resolvernos en él, decimos, no puede implicar sino un esfuerzo complejo y desesperado.

Y mientras esa respuesta llega, mientras nuestros ojos se escaldan y aprenden a mirar a fuerza de erosiones, mientras, en fin, nos ganamos el pase de vuelta al origen, uno va, camina, expurga entre sus cosas, se vuelve un atado de enredos, vierte sus astillas en el interior de un saco sin fondo y sin luz, en los vacíos de un libro, en los silencios de una partitura que nos enseña a cantar con dolor y dignidad. Y se dirige, uno se dirige -el corazón y la brújula rota- hacia el todo. Hacia el temor y el pánico. Hacia la nada.

                Nadie dijo que sería fácil.~

ANTES DE LA DEFRAGMENTACIÓN DE LA LUZ (A propósito de “El cristal entre la luz” de Manuel Orestes Nieto, obra poética 1968-2008)

In Sin categoría on noviembre 16, 2011 at 21:52

La poesía en América es un género que necesita ser reinterpretado; en ocasiones se disimula con demasiada irreverencia los contrastes que existen entre la falta de ese estudio, a priori, desde nuestro propio continente y la diversidad de tendencias que se escenifican en un posible dossier de creadores. Hecho que se nos impone desde la exploración de modo minucioso por países y zonas geográficas en este continente, donde pudiera reinterpretarse un canon múltiple en los tonos poéticos unido a una diversidad de matices lingüísticos y un canon identitario que respalda las búsquedas ya sean ontológicas como estéticas de ciertas vanguardias para perpetuar los tiempos del escriba. Acto que nos salvaría – definitivamente – de una mirada tan horizontal y en ocasiones extrañamente cenacular ante dichos predios donde la exclusión signa la generalidad de estudios literarios y referenciales sobre las tendencias y propuestas poéticas en el mundo hispanoamericano.

Resulta desde esa diversidad algo peculiar ahondar en los predios de un poeta como Manuel Orestes Nieto (Panamá y1951), reconocido precisamente como una de las figuras emblemáticas de la neovanguardia en su país. Con un amplio aval en la poesía transita la obra de este creador que se hace más evidente y se consolida, pudiéramos decir, al obtener el Premio “José Lezama Lima” de la Casa de las Américas en el año 2010 con la obra “El cristal entre la luz”, especie de antología que nos adentra a un universo donde se pretende cierto vasallaje lingüístico que trasciende por sus novedosos algoritmos al configurar su obra. Con la particularidad de proponernos un viaje al origen de su creación con una mirada retrospectiva, esta edición de Casa de las Américas se hace más sublime como volumen de instantáneas personales, el poeta juega entre corrientes coloquiales y raros divertimentos aquí signados por las vanguardias de las décadas del 50 y el 60.

Se trata de un libro extremadamente intenso, pero hondamente afianzado a grandes asociaciones que nos permite, con cierta sutileza, indagar en el universo personal del bardo al ofrecernos en esta edición una selección de textos que refieren posibles rasgos en su verbo, así enunciaríamos: una gran tendencia a lo histórico, en particular por la circunstancia de su país de origen, donde pretende en la mayor cantidad de sus poemas asumir una especie de denuncia ante la penetración norteamericana y la situación creada con el Canal de Panamá, hecho este que se enmarca entre las tendencias de la poesía a finales de la década del 60 donde por vez primera presenta un libro muy peculiar titulado “Poemas al hombre de la calle”. Unido a un demodé simbolismo histórico se escenifica un verso que se prolonga hasta una especie de desasosiego de su voz o un paso zigzagueante como imaginarios estéticos posibles, para continuar con un poemario de mayor arraigo a los destinos de su pueblo y donde reivindica el alma de lo nacional, muy de moda en esos años en América. Me refiero a “Reconstrucción de los hechos” donde esa dicotomía se asume como descolonización de la ciudad. Ciudad como aldea o país o continente. Incluso, ciudad como mundo. Volumen este que definitivamente le avalaría el Premio Literario Ricardo Miró en 1972.

El autor de “Reconstrucción de los hechos”, asume un ángulo muy interesante a partir de la edición de este poemario, a manera de prisma, explora desde la poesía el universo estético que le rodeaba para afianzar sus denuncias. “Uno cree tener un territorio un país / un pueblo grande un pueblo corazón esperanza/ algo por lo cual dar la cara/ las manos 

y las piernas”. Definitivamente en esos versos se resume el leit motiv que hilvana incluso su posterior obra. Sin embargo, no está la misma aislada del legado cultural de Panamá en los predios literarios, en tanto la presencia de Amelia Denis de Icaza, Ricardo Miró, Rogelio Sinán, nos hace presumir que existe un tractus poético en dicha nación que nos ratifica la singularidad de cada una de estas voces, incluso en la actualidad donde la interacción con las vanguardias se hace más evidente con poetas como Javier Alvarado y Magdalena Camargo, donde la configuración del imaginario poético se afianza a líneas de experiencias más intelectivas y de un amplio estado de renovación, casi barroca en su cosmogonía. Panorama que nos hace ratificar la dimensión que va teniendo la lírica centroamericana y en particular la poesía del Istmo.

En Manuel Orestes Nieto, esa denuncia constante nos hace presumir la reivindicación de la identidad y también nos permite justificar su carrera diplomática y política al desempeñarse como Embajador de Cuba y Argentina, Director de la Biblioteca Nacional, entre otras responsabilidades que nunca lo apartaron de su obra. Se precisa en la nota de contraportada que se trata al editarse “El cristal entre la luz” de un volumen que adquiere una mayor significación en tanto se percibe un “canto a la riqueza histórica, cultural, geográfica de Latinoamericana y el Caribe”. De allí los comentarios de la influencia que obras como la de Pablo Neruda y Ernesto Cardenal tejen en la poesía contemporánea de América, incluso en la actualidad donde la línea neo-barroca y la mirada hacia la poesía visual adquieren gran arraigo.

Erasto Antonio Espino, apunta con precisión de orfebre, resumiendo de algún modo la personalidad y la obra de Orestes Nieto que “La poesía ha sido para él un río de ancho caudal en cuyo torrente todo cabe. Memoria, utopía y nación pueden ser las tres columnas fundamentales que abrazan, desde su geometría solidaria, la inmensidad de lo real. Y por ello, su poesía ha sabido dar cuenta de los combates de su tiempo y responder a las necesidades éticas y estéticas del país”1 Y ciertamente la poesía de Orestes Nieto se configura a partir estos elementos que bien hacen una trinidad poética, en primera instancia, como resumen de las páginas de “El cristal entre la luz”, a lo que pudiéramos agregar como un cuarto elemento, el temor a la fuga de la memoria que se descifra aquí con la dimensión del ser humano y el paso del tiempo. Entonces apuntaríamos, el tiempo como pérdida o salvaguarda del primer elemento que precisa Erasto Antonio Espino, de allí que esta antología es un ciclo poético indisoluble en su configuración, que apuesta por salvaguardar la memoria del que ha navegado por estas páginas. No resultaría casual de ese modo la intensión, bien marcada del bardo, a ese viaje retrospectivo que sostiene estas páginas.

La palabra como luz, es aquí un ente que cobra vida. El dominio de las formas que articula bajo sus versos nos hace recordar movimientos literarios que enmarcaban las palabras en su sonoridad y espacio. Sin embargo, en Orestes Nieto, en ocasiones, estas se hacen irreverentes y nos conducen a encrucijadas donde pudiéramos aseverar que nos impone ciertos sortilegios, especie de filosofía esta que nos advierte sobre el amor y la muerte. Es como si estuviéramos en presencia de un hombre que ha cultivado el arte de la luz, la desfragmentación de esta a través de un prisma para desdibujar el camino final del hombre.

Destacaría los textos de “Carta de otoño”, 2005, que el poeta ha ofrecido como pórtico de esta antología, y donde el paso de los años se nos hace un raro porvenir. Esa voz entrecortada es una filosofía de los que han sabido ahondar en las palabras, como el que asume un vértigo y piensa que puede llegar. Hay en cada uno de esos poemas que se hilvana, un aliento minimalista ante la existencia. El hombre está viendo las grandes fronteras, el mundo se hace inmenso ante la amada y los tiempos pasados. Entonces tal parece que Manuel Orestes Nieto pretende asumir un viaje interior cuando supuestamente ya no quedan alternativas y nos deleita en esos imaginarios ante lo natural que es un colibrí, el aire que nos ronda, la luz que se bifurca.

Se escenifica aquí un ciclo de despedidas repetibles pero que nos aferra a un verso más descarnado por el paso de los años y una obra llena de miradas posibles, en ese largo bregar. Descubrir esta poesía es un deleite, una extraordinaria suerte, cuando se ha visto la luz entrar al prisma que el poeta configura. Dibujar la sonoridad de la luz que transita en esa desfragmentación es el arte mayor de esta antología con la que Manuel Orestes Nieto se nos presenta como una de las voces más auténticas en el panorama de la poesía del continente americano.

Luis Manuel Pérez Boitel

Poeta cubano.

Premio de poesía “Casa de las Américas” 2002.

1 Me refiero al texto Manuel Orestes Nieto: memoria, nación y utopía de Erasto Antonio Espino Barahona, Universidad Católica Santa María la Antigua (Panamá)

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