Salvador Medina Barahona

ANTES DE LA DEFRAGMENTACIÓN DE LA LUZ (A propósito de “El cristal entre la luz” de Manuel Orestes Nieto, obra poética 1968-2008)

In Sin categoría on noviembre 16, 2011 at 21:52

La poesía en América es un género que necesita ser reinterpretado; en ocasiones se disimula con demasiada irreverencia los contrastes que existen entre la falta de ese estudio, a priori, desde nuestro propio continente y la diversidad de tendencias que se escenifican en un posible dossier de creadores. Hecho que se nos impone desde la exploración de modo minucioso por países y zonas geográficas en este continente, donde pudiera reinterpretarse un canon múltiple en los tonos poéticos unido a una diversidad de matices lingüísticos y un canon identitario que respalda las búsquedas ya sean ontológicas como estéticas de ciertas vanguardias para perpetuar los tiempos del escriba. Acto que nos salvaría – definitivamente – de una mirada tan horizontal y en ocasiones extrañamente cenacular ante dichos predios donde la exclusión signa la generalidad de estudios literarios y referenciales sobre las tendencias y propuestas poéticas en el mundo hispanoamericano.

Resulta desde esa diversidad algo peculiar ahondar en los predios de un poeta como Manuel Orestes Nieto (Panamá y1951), reconocido precisamente como una de las figuras emblemáticas de la neovanguardia en su país. Con un amplio aval en la poesía transita la obra de este creador que se hace más evidente y se consolida, pudiéramos decir, al obtener el Premio “José Lezama Lima” de la Casa de las Américas en el año 2010 con la obra “El cristal entre la luz”, especie de antología que nos adentra a un universo donde se pretende cierto vasallaje lingüístico que trasciende por sus novedosos algoritmos al configurar su obra. Con la particularidad de proponernos un viaje al origen de su creación con una mirada retrospectiva, esta edición de Casa de las Américas se hace más sublime como volumen de instantáneas personales, el poeta juega entre corrientes coloquiales y raros divertimentos aquí signados por las vanguardias de las décadas del 50 y el 60.

Se trata de un libro extremadamente intenso, pero hondamente afianzado a grandes asociaciones que nos permite, con cierta sutileza, indagar en el universo personal del bardo al ofrecernos en esta edición una selección de textos que refieren posibles rasgos en su verbo, así enunciaríamos: una gran tendencia a lo histórico, en particular por la circunstancia de su país de origen, donde pretende en la mayor cantidad de sus poemas asumir una especie de denuncia ante la penetración norteamericana y la situación creada con el Canal de Panamá, hecho este que se enmarca entre las tendencias de la poesía a finales de la década del 60 donde por vez primera presenta un libro muy peculiar titulado “Poemas al hombre de la calle”. Unido a un demodé simbolismo histórico se escenifica un verso que se prolonga hasta una especie de desasosiego de su voz o un paso zigzagueante como imaginarios estéticos posibles, para continuar con un poemario de mayor arraigo a los destinos de su pueblo y donde reivindica el alma de lo nacional, muy de moda en esos años en América. Me refiero a “Reconstrucción de los hechos” donde esa dicotomía se asume como descolonización de la ciudad. Ciudad como aldea o país o continente. Incluso, ciudad como mundo. Volumen este que definitivamente le avalaría el Premio Literario Ricardo Miró en 1972.

El autor de “Reconstrucción de los hechos”, asume un ángulo muy interesante a partir de la edición de este poemario, a manera de prisma, explora desde la poesía el universo estético que le rodeaba para afianzar sus denuncias. “Uno cree tener un territorio un país / un pueblo grande un pueblo corazón esperanza/ algo por lo cual dar la cara/ las manos 

y las piernas”. Definitivamente en esos versos se resume el leit motiv que hilvana incluso su posterior obra. Sin embargo, no está la misma aislada del legado cultural de Panamá en los predios literarios, en tanto la presencia de Amelia Denis de Icaza, Ricardo Miró, Rogelio Sinán, nos hace presumir que existe un tractus poético en dicha nación que nos ratifica la singularidad de cada una de estas voces, incluso en la actualidad donde la interacción con las vanguardias se hace más evidente con poetas como Javier Alvarado y Magdalena Camargo, donde la configuración del imaginario poético se afianza a líneas de experiencias más intelectivas y de un amplio estado de renovación, casi barroca en su cosmogonía. Panorama que nos hace ratificar la dimensión que va teniendo la lírica centroamericana y en particular la poesía del Istmo.

En Manuel Orestes Nieto, esa denuncia constante nos hace presumir la reivindicación de la identidad y también nos permite justificar su carrera diplomática y política al desempeñarse como Embajador de Cuba y Argentina, Director de la Biblioteca Nacional, entre otras responsabilidades que nunca lo apartaron de su obra. Se precisa en la nota de contraportada que se trata al editarse “El cristal entre la luz” de un volumen que adquiere una mayor significación en tanto se percibe un “canto a la riqueza histórica, cultural, geográfica de Latinoamericana y el Caribe”. De allí los comentarios de la influencia que obras como la de Pablo Neruda y Ernesto Cardenal tejen en la poesía contemporánea de América, incluso en la actualidad donde la línea neo-barroca y la mirada hacia la poesía visual adquieren gran arraigo.

Erasto Antonio Espino, apunta con precisión de orfebre, resumiendo de algún modo la personalidad y la obra de Orestes Nieto que “La poesía ha sido para él un río de ancho caudal en cuyo torrente todo cabe. Memoria, utopía y nación pueden ser las tres columnas fundamentales que abrazan, desde su geometría solidaria, la inmensidad de lo real. Y por ello, su poesía ha sabido dar cuenta de los combates de su tiempo y responder a las necesidades éticas y estéticas del país”1 Y ciertamente la poesía de Orestes Nieto se configura a partir estos elementos que bien hacen una trinidad poética, en primera instancia, como resumen de las páginas de “El cristal entre la luz”, a lo que pudiéramos agregar como un cuarto elemento, el temor a la fuga de la memoria que se descifra aquí con la dimensión del ser humano y el paso del tiempo. Entonces apuntaríamos, el tiempo como pérdida o salvaguarda del primer elemento que precisa Erasto Antonio Espino, de allí que esta antología es un ciclo poético indisoluble en su configuración, que apuesta por salvaguardar la memoria del que ha navegado por estas páginas. No resultaría casual de ese modo la intensión, bien marcada del bardo, a ese viaje retrospectivo que sostiene estas páginas.

La palabra como luz, es aquí un ente que cobra vida. El dominio de las formas que articula bajo sus versos nos hace recordar movimientos literarios que enmarcaban las palabras en su sonoridad y espacio. Sin embargo, en Orestes Nieto, en ocasiones, estas se hacen irreverentes y nos conducen a encrucijadas donde pudiéramos aseverar que nos impone ciertos sortilegios, especie de filosofía esta que nos advierte sobre el amor y la muerte. Es como si estuviéramos en presencia de un hombre que ha cultivado el arte de la luz, la desfragmentación de esta a través de un prisma para desdibujar el camino final del hombre.

Destacaría los textos de “Carta de otoño”, 2005, que el poeta ha ofrecido como pórtico de esta antología, y donde el paso de los años se nos hace un raro porvenir. Esa voz entrecortada es una filosofía de los que han sabido ahondar en las palabras, como el que asume un vértigo y piensa que puede llegar. Hay en cada uno de esos poemas que se hilvana, un aliento minimalista ante la existencia. El hombre está viendo las grandes fronteras, el mundo se hace inmenso ante la amada y los tiempos pasados. Entonces tal parece que Manuel Orestes Nieto pretende asumir un viaje interior cuando supuestamente ya no quedan alternativas y nos deleita en esos imaginarios ante lo natural que es un colibrí, el aire que nos ronda, la luz que se bifurca.

Se escenifica aquí un ciclo de despedidas repetibles pero que nos aferra a un verso más descarnado por el paso de los años y una obra llena de miradas posibles, en ese largo bregar. Descubrir esta poesía es un deleite, una extraordinaria suerte, cuando se ha visto la luz entrar al prisma que el poeta configura. Dibujar la sonoridad de la luz que transita en esa desfragmentación es el arte mayor de esta antología con la que Manuel Orestes Nieto se nos presenta como una de las voces más auténticas en el panorama de la poesía del continente americano.

Luis Manuel Pérez Boitel

Poeta cubano.

Premio de poesía “Casa de las Américas” 2002.

1 Me refiero al texto Manuel Orestes Nieto: memoria, nación y utopía de Erasto Antonio Espino Barahona, Universidad Católica Santa María la Antigua (Panamá)

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