Salvador Medina Barahona

La enfermedad y el amor

In 1, Letras, Arte, Cultura on febrero 14, 2010 at 0:44

A Pedro Crenes Castro, Marga Collazos Ballesteros,
y a sus dos perlas, Lucía y Aitana, en Madrid, con gratitud.
A todos los que elevaron sus oraciones por mí, a los que
oficiaron sus conjuros contra el hechizo, a los que cruzaron
el océano en la telefonía del aliento, o a los que simplemente
callaron y esperaron con Amor. Yo guardo sus nombres.

Por SALVADOR MEDINA BARAHONA

La muerte es una obsesión de la que difícilmente pueda librarme; salvo en la hora en la que ésta concrete su estocada artera, precisa, final, en el corazón del calendario; o salvo en los silencios de un aniversario olvidado en la tumba.

Es una obsesión que me persigue, la muerte. Que me impele a pronunciar y desgastar su nombre en la mayoría de los textos que escribo, como si borrar pudiera con ello la amenaza de su espectro fulminante y terrible. Y no se trata, por lo tanto, de una elección afectiva, sino de una realidad que late en cada instante en que mis ojos pueden observar la cuesta de los días, o dormir, providencial o provisionalmente, el sueño de su extinción.

La enfermedad es el escenario propicio para reflexionar en torno a este hecho natural, y cultural, que gravita como un siniestro heraldo del temor sobre las ondas de nuestro pensamiento; sobre el cuerpo emotivo, espiritual, almático, físico que somos.

Importa poco, a la mayoría, ser conscientes de aquella gravitación. Es decir, importa poco si la llegamos a comprender en procura de nuestro propio beneficio, de nuestra paz más honda. El miedo se yergue entonces como medida de nuestras limitaciones. Es el miedo como parálisis. Es el miedo magnificado en las razones y sinrazones de la enfermedad. Es el miedo que pesa, tensa e intensamente, sobre nosotros. Y nos hunde.

Me he aliado, en mis más recientes meditaciones, a la idea de que la vida es un morir viviendo: Una suerte de danza celebratoria rumbo a los territorios dudosos de la eternidad. Pienso que al nacer iniciamos la cuenta regresiva que nos sume sin demora en la muerte, segundo tras segundo; primero un dedo, luego un pie, más tarde ambas piernas, y así, hasta que completamos el ciclo del retorno. De modo que es ésta, la muerte, ¡oh maravilla!, celebrada en la afirmación de vivir. Porque la muerte es vida, como ya lo sabemos. Y la vida es muerte, como ya he dicho, y lo han dicho muchos otros antes que yo.

Si al abandonar el útero materno iniciamos la vida, el caminar; si colocamos, inocentes, nuestra primera huella en la larga sombra que habremos de ir esclareciendo con los años, podríamos afirmar, luego, que el inicio de la vida genera las virtudes para el ensayo cotidiano de la muerte.

Asumirlo con alegría, en un acto de celebración, nos abre una puerta hacia la posible plenitud. Asumirlo en alas de un aire pusilánime nos hace miserables, réprobos de nosotros mismos, y la ecuación cambia: Pasamos de un morir viviendo a un vivir muriendo; en el entendido de que esta última frase comporta una no-conciencia de lo que el pleno existir supone: Instante eterno de Luz, o marcha consciente hacia la Luz; manifestación máxima de la mirada en medio de la Sombra; aprovechamiento ilímite del Instante en que habitamos y Somos.

De suerte que, así, al margen de toda danza, veríamos nuestro ser y estar en el mundo, en el cosmos, como un vía crucis dentro de una noción de pesimismo; fuera de todo sentido trascendente.

La enfermedad es, vaya cosa obvia, la falta de salud. O el superávit de un caldo espiritual o corporal venenoso que atenta contra la noción de existencia plena. Somos deudores de la salud cada vez que la enfermedad cobra espacio en nuestro ser, o en el templo donde tiene su morada nuestro ser, si queremos hilar más fino en nuestras reflexiones.

Una forma de ir saldando esa deuda (¡forma que quiere conjugarse con los remedios médicos asignados a la curatela de nuestra patología!) es la reflexión, el ejercicio saludable del pensamiento, el sentir luminoso de la hora en que estamos cercados por las fieras de la mortalidad. Algunos lo llamarían curación sicosomática. La medicina lo sabe, pero se centra, sobre todo, en la logística de las radiografías, los escáneres, las instrucciones quirúrgicas al cuerpo abatido, los antibióticos por vía intravenosa, los analgésicos como diques de contención del dolor; ese dolor que es, a la par, mensajero e inhóspita morada.

A nosotros nos toca, auxiliados por la sonrisa y la empatía de las enfermeras, confiados en la eficiencia rigurosa de los doctores, rescatados por las llamadas entrañables de los familiares y amigos, y socorridos, en fin, por una negativa a rendirse ante las circunstancias; nos toca, decía, poner la logística de la autosalvación, oficiar en nosotros la sicología del no miedo, erguir el estandarte de la esperanza en cada pálpito que el corazón nos brinde.

He sido informado en mis lecturas de algunos maestros espirituales a los que respeto que el único miedo verdadero (peligroso adjetivo) es el miedo a la muerte. Pero, ¿es realmente justificado? ¿Nos sirve a la hora del dolor, de la soledad entre las paredes blancas, del encuentro con nosotros mismos? ¿No morimos viviendo? ¿No deberíamos morir viviendo incluso cuando hayamos excedido nuestra cuota de vida y puesto un pie en el umbral penumbroso de la muerte?

Pienso que cada uno de nosotros habrá de responderse estas preguntas según sean sus cercanías con lo ignoto; su estado de conciencia; su liasón con los postulados de eternidad, solo aprehensibles, dichos postulados, mediante los canales subjetivos del individuo, mal que les pese a los que, con buena intención o sin ella, han tratado de masificar, estandarizar, objetivar, si se quiere, los accesos al Todo.

Luego de la frialdad de los quirófanos, de la humedad de las lágrimas, de la compañía salmódica de los libros. Luego de la conexión entrañable con las voces queridas, deseosas de verlo a uno en pie. Luego de presenciar la agonía de unos organismos que atentaron contra la aventura de vivir; contra ese morir viviendo que es la vida. Luego de la espada minúscula abriendo surcos en la espalda y cercenando arterias dulces en el corazón. Luego de la incertidumbre oscura de los días y la clara certidumbre de las noches. Luego del frío y de las uvas y de la aparición cíclica del tiempo. Luego de las campanadas en la soledad de un cuarto, acentuada por la caída de la nieve y los abrazos avistados en las ventanas de los edificios contiguos. Luego de la palabra como reflexión, de la reflexión como hoguera, de la hoguera como ámbito sostenido por la ternura. Luego de llegar otra vez a la ensenada en que se prolongan los días en su difícil y más hermosa floración…

Luego… he escrito luego, he de llorar sin miedo, sin que me importe el tiempo, agradecido de todo y todos los que estuvieron allí, cercanos en la distancia; sus voces, una manifestación plural del Amor; sus palabras escritas, la mejor comuna secundando el crimen que cometí contra mis ansiedades.

He de asistir de nuevo al misterioso juego de vivir, con el velamen desplegado otra vez hacia los horizontes del deseo. El dolor en la palma de la mano. La poesía en los ojos. Mis labios en la espalda de la muerte.

Anuncios
  1. Que bueno que el espíritu del silencio, el que dicta lo que escribes y yo canto, que bueno al acompañarte en esos días donde la fragilidad respiró contigo. Me alegra que estés bien y con nosotros de nuevo y escribiendo…
    Un abrazo,
    Yigo Sugasti

  2. Ciertamente Salvador, que la muerte nos acerca a las más sinceras reflexiones. Es la que nos mantiene despiertos en un carpediem vital. De otro modo somos muertos en vida.
    Mi psicosomatía sabe mucho de eso. Me despertó y aprendí a vivir de nuevo.
    Saludos desde París.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: