Salvador Medina Barahona

palabra de-vuelta (Acercamiento crítico al libro «Umbral Polanco», de Margarita Carballeda, obra ganadora del XII Premio de Poesía «Ana del Valle», Ayuntamiento de Avilés, España, 2004.)

In 1, Letras, Arte, Cultura on noviembre 24, 2011 at 3:14

POR SALVADOR MEDINA BARAHONA

No sorprende que Margarita Carballeda, filósofa de formación, dé inicio a su jornada poética con el ideal del retorno al origen de las cosas, que es, de suyo, el ideal de asistir al origen de sí misma: Marcha hacia el conocimiento interior: Umbral hacia el Todo del que venimos y del que jamás nos hemos desligado: Encuentro con la Totalidad que nos aguarda desde siempre: Llama de un principio que nos espera lejos del tiempo, esa invectiva maléfica de los hombres.

Tiradas están las cartas de navegación hacia el Fuego de Heráclito. Consciente o no, la autora, insistimos, nos ha lanzado en pos de ese ideal. Pero no se aspira al gran Todo sin que hayamos primero recogido nuestros fragmentos, sin que nuestro pequeño mundo interior haya hecho su ejercicio de totalidad y adquiera su pasaje lejos de una escueta exploración de superficie.

La intención de rearmarse aflora con la fuerza de un imperativo en cuya obediencia caben los ácidos de la ternura, la crueldad del deseo, el ardor de la nostalgia, los rigores exquisitos de la soledad. La filósofa se repliega y da paso a un lenguaje que se deja sentir; emprende su recorrido hasta tocar fondo; nos aparta celosamente de su intimidad secreta y hosca; dice y esconde, lucha piel a piel contra la oscuridad del mundo; canta como un presagio: Se hace poema.

No olvido cómo eras frágil/ ni cómo largos tus sueños de tanto que se perdían, son las palabras que constituyen su primera evocación, la enunciación de lo perdido y, en ella, el intento por restaurar el espíritu desperdigado. De aquí en adelante viviremos múltiples variaciones de la ausencia: en los rostros inasibles de un amante cuyo nombre desconocemos, en una ciudad de la nostalgia escrita en piedra, en la noche con sus páramos de alambre y sus espejos vacíos, o en ella misma, mujer de membrillo y sal. Los siguentes versos bien podrían aludir a cualquiera de estas variantes: Soy memoria que vaga por tu espacio/ a distancia de puentes reinventados/ amasando con fuego atardeceres/ en mitad de las piedras levantadas/ Soy tu ausencia a la altura de las torres/ y rumor de los nidos rehabitados.

Nótese que lo ausente es incluso expresado en las cosas no dichas: Detrás de la cordura tal vez haya/ una frase esperando que no has dicho/ por el miedo tan tonto de quebrarte.

Toda soledad es relativa, y pertenece al plano de las apariencias. Existen entidades (actos, situaciones) que arriban al inventario aunque nada más sea para ensachar los cauces de aquella soledad; pero, presencias al fin, se hacen palpables en su acecho: Hay algo que me roza como el filo/ de algún cristal herido hacia mi frente.

Esos quejidos cojos, pusilánimes, repletos de sensiblería y estridencia, no habitan los versos de Umbral Polanco, porque su autora prefiere escurrirse, engatusar al lector con sugestiones, pistas engañosas, atmósferas en que la elipsis reemplaza al ímpetu o lo dosifica en frases codificadas, llenas de música. ¿Por qué dejarse leer al desnudo si aún las heridas duelen?: Cristales en los ojos si amanece/ y escapan tus esquinas/ geometría/ perfecta de nostalgias/ y lluvia por lo menos/ y por lo menos hambre/ del revés de la tarde/ con apenas penumbra// Y un silencio que grita.

En el poema anterior, los vocablos de tiempo (amanece, tarde) están usados de un modo que, en el contexto total de la estrofa, nos confunde, alienta la ambigüedad; acaso porque el tiempo mismo ha sido llamado a confundirse, o porque es un animal dudoso, fuera de toda aritmética plana: Da lo mismo noche que mañana que tarde. Otra vez la jugada al margen de los límites secuenciales del tiempo. Otra vez las palabras intentando quebrar su predominio. ¿No es acaso el tiempo una apariencia?

Algunos poemas del conjunto nos llevan a la exasperación, hacen su labor ¿premeditada? de repulsivo. Su lógica se expresa, al menos a simple vista, de manera convencional. Pero hay palabras, frases inocentes que sacan las uñas y les cambian el curso, impidéndonos la resolución facilista de la idea. Nosotros, acostumbrados como estamos a una lógica rasa, mil veces dicha, nos sentimos amenazados por el giro sorpresivo, el final que no cuadra. Por eso nos extraviamos, nos indignamos, huimos y regresamos a hurtadillas a releer los versos de nuestro desconcierto, a buscar una vez más el rumbo entre sus líneas exasperantes. Los siguentes, podrían ilustrarlo bien: Que no aflojen las riendas del orgullo/ Quedan las islas/ Cuando apenas se salva la distancia/ Y en el caudal un árbol.

Pero cuando nos vamos acostumbrando a esta suerte de negaciones, de escamoteos indeseables, al imperio de lo críptico y lo aparente, se nos propone una tregua y se nos dicen las cosas con la claridad más simple: Hay un dolor por todo lo que quede/ cuando no surja tu piel de entre las mantas/ Hay un dolor por toda la ternura/ Por toda y por la única palabra/ que aún guarda algún sentido y que es tu nombre.

Entonces aparece, líneas abajo, la poesía armada con su arsenal de imágenes y tiempos transgredidos, y aquel dolor nace, se reinventa con metáforas que son silencio y que en su mudez nos golpean: Pájaros sin dueño no esquivan la noche/ y la tarde se hunde.

Los recursos para mitigar la no-presencia surgen en una música evocada, en un haz de palabras anteriores al suceso de lo ausente, o en un presagio de claves dispersas con su imantación misteriosa. Aún la ilusión sirve como coartada para atrapar lo que no asimos: Llegas por las semejanzas de otra música/ palabras/ que son previas te suceden/ y ya emerges de un presagio/ Llegas por todas las calles/ igual que si fuera cierto.

Luego vendrán los versos que nos preparan para el cierre (¿temporal?¿definitivo?): Como un grito que se escurre por los bordes de una oreja/ de tanto que habrán crecido serán pequeños mis ojos. Pero estos versos no parecen anunciar la llegada. Son apenas una definición de asombro, y de duda. Los ojos crecen para asombrarse, o crecen porque se asombran, y, como dos faros que no resisten la dimensión de lo visto, que no pueden sostener el peso de la imagen que vislumbran, se achican para someter los espasmos visuales del niño interior, para neutralizar los temores, las llamaradas del vértigo. Pero frente a qué, debajo de qué sol, en medio de qué noche, ante el acecho de qué incómoda palabra…

Habría que preguntarlo al azar y a los espejos. Eso parece decirnos Carballeda, tal vez doblegada, convencida de que el encuentro con la Totalidad es un reto que supera nuestras intenciones y el largo de nuestra estatura. O, tal vez, se trate de algo más simple y por eso menos evidente. Porque, aunque nos duela, hemos perdido la noción de lo simple, el atisbo de lo que nos salva en su sencillez. El mundo es una complejidad inferne y resolvernos en él, decimos, no puede implicar sino un esfuerzo complejo y desesperado.

Y mientras esa respuesta llega, mientras nuestros ojos se escaldan y aprenden a mirar a fuerza de erosiones, mientras, en fin, nos ganamos el pase de vuelta al origen, uno va, camina, expurga entre sus cosas, se vuelve un atado de enredos, vierte sus astillas en el interior de un saco sin fondo y sin luz, en los vacíos de un libro, en los silencios de una partitura que nos enseña a cantar con dolor y dignidad. Y se dirige, uno se dirige -el corazón y la brújula rota- hacia el todo. Hacia el temor y el pánico. Hacia la nada.

                Nadie dijo que sería fácil.~

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  1. No he leído el poema…pero me ha encantado cómo lo has descrito, como quien arma piezas de un rompecabezas.

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