Salvador Medina Barahona

Honor al pequeño gigante de las letras panameñas: César Young Núñez

In 1, Letras, Arte, Cultura on mayo 20, 2014 at 19:29

César Young Núñez y su legado: ¡HOY!

Por Salvador Medina Barahona

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El poeta César Young Núñez custodiado por las escritoras Gloria Guardia, Mariela Sagel  y Gloria Rodríguez

 

 

La poesía de César Young Núñez ha marcado un punto de inflexión en la historia de la literatura panameña. Y más. Ha trascendido nuestras fronteras sin pasaportes. Es, en sí, un caso único en la poesía del Istmo Centroamericano. Ese libro célebre con que lo ha hecho, y que lo acredita como uno de nuestros referentes indispensables, Carta a Blancanieves, es apenas la punta del iceberg de una inteligencia que ha estado, durante décadas, al servicio de una colectividad en crisis.

El humor, el sarcasmo, la ironía, las referencias cultas de un lector erudito y exigente, el ludismo afortunado de sus versos, en fin, las reescrituras, en la suya, de una poesía universal, son los ingredientes de mayor notoriedad que han nutrido la agenda de este poeta bisiesto, como él mismo se autodefiniera alguna vez.

Don César vino a traerle aires frescos a una poética colectiva reconcentrada en lo grave, no sin motivos, hago la salvedad. Es el tipo de voz que aparece una vez cada siglo para diluir la densidad de un discurso mayormente enfocado en los tristes avatares sociales de un país en búsqueda de su identidad y en reparo de sus llagas más profundas.

Leerlo a la ligera, fuera de contexto, sería no hacerle justicia; porque, ya lo sabemos, el hombre es su circunstancia, como lo dijera el filósofo, y en ella debe dar cabida a un ejercicio de humanidad que, sumado a lo grave, nos recuerde que, a pesar de las alambradas, hay cielos abiertos donde mirarse y proyectarse, en el presente y más allá del presente. Eso que se llama “patria” también se construye con sentido del humor, con ironía, con lucidez y mordacidad quevediana.

El disgusto que trajo consigo posponer la entrega de la más alta distinción que un escritor panameño puede recibir por el trabajo de toda una vida en las letras (la Condecoración Rogelio Sinán) debe transfigurarse ahora, luego del más que simbólico acto de desagravio llevado a cabo por colegas y amigos que lo aprecian, en la celebración que desde el inicio supuso la buena noticia.

Los traspiés de una institución de “cultura” (traspiés cuyos altos funcionarios no supieron enmendar con la dignidad del caso) pasan ahora a segundo plano, puesto que no se trata de ellos, sino de Don César. La turbamulta, en buena hora escenificada en los diversos medios como repulsa a la “decisión presidencial” de posponer la entrega de la condecoración, con la más banal de las excusas de por medio, debe ceder paso a la ceremonia de honor con los matices representativos de la personalidad del galardonado. Un despropósito como el ocurrido jamás estará a la altura del legado del autor de Poemas de rutina. Ni puede empañar su fiesta. A las finales, salió ganando él, porque los afectos y muestras de solidaridad vinieron a confirmar que su escogencia recibió el rotundo beneplácito de sus pares, sus discípulos y sus lectores.

Esas son las paradojas de la existencia: El alto funcionariado obedece, como soldado raso, las órdenes de un mariscal de campo inculto y, en el acto, los artistas levantan la antorcha del afecto para exigir respeto a la Ley, organizar una ceremonia de desagravio previa a las pompas oficiales, y celebrar, con la luz de la Poesía sobre sus cabezas y en sus corazones, el acto público pospuesto; a pesar de todo. De seguro esa luz alcanzará para todos los que esta noche asistamos en gesto solidario y alegre al Teatro Nacional, porque proviene de la Poesía esencial que todo lo purifica. Y, como tal, no tendrá la mezquindad de dejar a oscuras los rostros avergonzados de unos malos oficiantes de la administración cultural de turno.

De modo que vayamos a acompañar a Don César. Sabemos bien que las medallas, los pergaminos y los dólares duran poco. Lo que sí dura es la obra. Y con ella su oficiante. Y Don César viene durando desde hace mucho tiempo. Lo de ahora es un mero acto protocolar, salvado por nuestro más sincero aprecio, que viene a confirmar lo que ya todos sabemos sobre el emblemático Julio Viernes (seudónimo con el que amparó  sus crónicas periodísticas). Seamos testigos, pues, de ese momento en que el máximo y tal vez único y legítimo cultor de la “antipoesía” panameña, sea abrazado, y abrasado, por la calidez de nuestra presencia. Nosotros somos su otro yo. Su otredad devolviéndole el eco de sus poemas y su pensamiento brillantísimo y juguetón. ¡Seamos, por un instante perpetuo, ese espejo de alteridad en el que él vea reflejada la corona de su gloria!

 

Panamá, 20 de mayo de 2014

 

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